Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.
El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges.
Espero.
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.
{Pablo Neruda}
sábado, 20 de septiembre de 2008
Alguien sopla.
Sopla contra mi casa una envoltura de cortinajes negros,
una niebla sedienta que husmea como hiena en los rincones,
unas sombras que incrustan trozos de pesadilla en la pared.
Alguien sopla y convoca los poderes sin nombre.
Mi guarida se eriza,
se agazapa en el foso de las fieras,
resiste con su muestrario de apariencias a los embates de la mutación.
Alguien sopla y arranca de sus goznes mi precaria morada,
las maquinarias de su remota realidad.
Ahora es otra y no es y apenas vuelve a ser en más o en menos,
tan amenazadora y tan falaz como una escena blanca espejeando en la nieve
o la ventana que se enciende y se apaga en la espesura del tapiz.
Pero igual la sofocan en su temblor final con una funda helada,
la separan de sus mansas costumbres,
le quitan una a una sus misericordias pertenencias con un duro escalpelo.
La convierten en la trampa feroz sobre las bocas del abismo que viene.
¡Y yo que reclamaba solamente un lugar de pequeñas alianzas como chispas,
solamente un lugar para oficiar la luz en torno de mis huesos!
¿No había para mí nada más que esta cárcel,
estos muros aviesos, fatales hacia abajo,
esta tensa tiniebla que me arroja de subsuelo en subsuelo?
Sopla contra mi casa una envoltura de cortinajes negros,
una niebla sedienta que husmea como hiena en los rincones,
unas sombras que incrustan trozos de pesadilla en la pared.
Alguien sopla y convoca los poderes sin nombre.
Mi guarida se eriza,
se agazapa en el foso de las fieras,
resiste con su muestrario de apariencias a los embates de la mutación.
Alguien sopla y arranca de sus goznes mi precaria morada,
las maquinarias de su remota realidad.
Ahora es otra y no es y apenas vuelve a ser en más o en menos,
tan amenazadora y tan falaz como una escena blanca espejeando en la nieve
o la ventana que se enciende y se apaga en la espesura del tapiz.
Pero igual la sofocan en su temblor final con una funda helada,
la separan de sus mansas costumbres,
le quitan una a una sus misericordias pertenencias con un duro escalpelo.
La convierten en la trampa feroz sobre las bocas del abismo que viene.
¡Y yo que reclamaba solamente un lugar de pequeñas alianzas como chispas,
solamente un lugar para oficiar la luz en torno de mis huesos!
¿No había para mí nada más que esta cárcel,
estos muros aviesos, fatales hacia abajo,
esta tensa tiniebla que me arroja de subsuelo en subsuelo?
No vallamos a la llanura,
Rasa eternísima
Sumida en un sueño ligero
Sobrevolémosla
Dejémosla tras el vidrio
Allí los mitos y las realidades se hurgan entrelazadas
Los pies se cansan de pisar verde monotonía
Desierto fotosintético
No caigamos en la trampa
Ella es hábil para esconder
en sus entrañas la soledad
No vallamos a la llanura
El viento susurra
Sinfonías desafinadas
Arena movediza
Más escapas, más te hundes
Refugio de las insomnes madrugadas del diablo.
sábado, 6 de septiembre de 2008
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