domingo, 11 de abril de 2010


Un señor alto, rubio, de bigotes (fragmento)

" Y frío, frío y humedad, a pesar del sudor y del zumbido de los ventiladores, frío porque el sol y el aire y el olor a tierra son cosas increíblemente lejanas, no existen. Y en cambio sólo existen los archivos y las paredes y la campanilla del teléfono y las ocho horas allí, sumergidas en ese oscuro pantano, viscoso, tenso, donde la sangre huye de las venas y donde el vivir y el estar de pie y el no hacer nada frente al escritorio significa vencer una presión constante, tenaz, abrumadora…
Y es el señor Linares, eficiente, dinámico, sin segundas vidas, íntegramente allí, ocupando el escritorio central, firmando, dictando cartas, hablando pro teléfono, con su voz suave, agradable, bien modulada. -Con todo gusto, señor, encantado, quedo a sus órdenes. ¿Quiere tomar nota, señorita Mary?- diciendo a cada momento: soy el señor Linares, soy el gerente, estoy aquí, aquí, aquí, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿para qué?, inquiriendo, preguntando, reprobando, ordenando, sin abandonar su escritorio, sin dirigirse a los empleados, sin mirarlos siquiera, llenando con su presencia toda la oficina, haciendo confluir hacia él todos esos minúsculos ríos de cuerpos inclinados sobre los papeles, frentes arrugadas, manos nerviosas, ágiles, eficaces, soy el señor Linares, soy el gerente, me interesa todo, estoy aquí, aquí, aquí.
Y son los catorce empleados (nueve mujeres y cinco hombres, pero eso en al calle, no aquí) metidos en el pantano, con sus oídos y sus nervios y sus estómagos dirigidos hacia el escritorio central del señor Linares, demostrando un enorme interés por los papeles y las planillas y por los inconvenientes del envío –es una lástima, hubiéramos reconquistado un buen cliente, señor Linares-, mintiendo, agotándose en l esfuerzo de mentir, componiendo a duras penas el gesto, sin darse cuenta de ello siquiera, ignorando el motivo de ese cansancio que los agobia cuando a las siete suena el timbre de salida y en la calle buscan desesperadamente el trocito cotidiano de vida adonde asirse, adonde recalentar la sangre que sigue por inercia el mismo ritmo lento, agazapado, enfermizo, de todo el día, sintiendo luego por la noche esa ligera fiebre que los impulsa a hablar, o a pensar, o a reír, o a comer, o a beber, o a copular, intensamente, apresuradamente, febrilmente, como si tuvieran conciencia de lo fugaz que es ese pedacito de tiempo suyo, suyo de veras.
"

Humberto Constantini

martes, 6 de abril de 2010

Aunque habrìa que atravesar napas, cruzar rìos, abrirse paso etre arenas movedizas y trabados cristales para despertar en ella el lento, el acechante animal lujurioso. Pero èl conocìa el secreto, los rèconditos acordes de ese cuerpo, èl sabìa desarmar las tramas que sabiamente iba urdiendo la sacerdotiza.



Liliana Heker

viernes, 2 de abril de 2010

Cuaderno con espiral, pollera tableada, burbujas en su aureola, Irene sube al 26. Una viejita le sonríe con húmeda ternura. Ella derrama sobre la viejita lindos chorros de candor juvenil y piensa : esta retardada no sabe que voy a visitar a mi amante. Saborea hasta el carozo la palabra amante y apenas la descorazona - una melancólica bruma, una remota y conocida sensaciòn de que otra vez se està haciendo trampa con las palabras- el hecho de que ella nunca ha esperado a nadie en deshabillè como la distante mujer deseada. Todo lo que viene haciendo desde hace meses es escuchar a este hombre a cuya puerta està llamando ahora, quien laboriosamente persiste en moverle el piso, en hacerle estallar la cabeza, en reducir a polvo su aurìfero orgullo de niña superdotada que pudo conocer el Teorema de Tales o la teoría del Apoyo Mutuo son haberse tomado el trabajo de leerlos - puro ludo (ha dicho èl) o accidentes de la naturaleza, como ser ventrìlocuo o culona, pero que hacemos con esto, con las taras o preces que dios nos diò ¿què estrella construiremos, que caverna, què piedra sobre piedra?

Zona de Clivaje, Liliana Heker